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8 de enero de 2009

Y ellos sin salir de la caverna




El 19 de noviembre de 1933 las mujeres españolas acudían a las urnas, ejerciendo por primera vez su derecho al voto. Un derecho obtenido dos años antes tras un arduo debate en el Parlamento impulsado por la diputada Clara Campoamor, que finalmente culminaría en el artículo 36 de la Constitución republicana que establecía los “mismos derechos electorales” para “los ciudadanos de uno y de otro sexo, mayores de veintitrés años”. Se avanzaba así hacia una igualdad jurídica entre hombres y mujeres que, seis años más tarde, el general golpista que había derrocado la legalidad por las armas se aplicaría en derogar con celeridad, condenando a las mujeres a una minoría de edad permanente. Los avances hacia una igualdad efectiva emprendidos por la legislación republicana serían fulminados, y la mujer española viviría relegada en el ámbito doméstico y sería excluida de cualquier actividad que no fuera la procreación y las tareas propias del hogar, donde desempeñaría el papel de abnegada esposa y madre sacrificada reservado para ellas por el nuevo régimen.

En nuestra España actual, treinta y tres años después de la abolición de leyes vejatorias que sometían legalmente a la mujer a los designios del marido, las mujeres desempeñamos con absoluta normalidad actividades tradicionalmente reservadas a los hombres. Hay mujeres taxistas, camioneras, médicas, juezas… El Congreso de los diputados es también el Congreso de las diputadas y en el Consejo de ministros se sientan igual número de ministras. En los últimos cinco años, en gran medida gracias a las leyes e iniciativas impulsadas por el gobierno del presidente Zapatero, la sociedad ha progresado inexorablemente hacia la consecución de la plena igualdad entre mujeres y hombres. Y sin embargo, parece que muchos ofrecen una resistencia numantina a salir de la caverna.

En la celebración del día de la Pascual Militar (en otra ocasión abordaremos un debate sobre la utilidad de este tipo de actos tan pintorescos) una relevante discusión sobre la indumentaria de la ministra de Defensa, Carme Chacón, se impuso a la dramática situación en Oriente Próximo, al sempiterno debate de la financiación autonómica, e incluso, a la omnipresente crisis económica. La cuestión no hubiera pasado de simple anécdota si los comentarios y murmuraciones hubieran permanecido dentro de los límites del periodismo amarillo o de los corrillos de chismosos y aduladores, cuya máxima inquietud es husmear sobre las operaciones estéticas de Letizia o debatir sobre lo sobria y sencilla que vestía la reina, que como todo el mundo sabe es portadora de una elegancia innata. Pero que el atuendo, el peinado o el maquillaje de la ministra sea noticia de apertura en los telediarios, ocupe titulares, portadas y editoriales de la prensa seria y protagonice horas de debate en tertulias radiofónicas, transmite un tufillo machista que echa para atrás.

El hecho de haber convertido el esmoquin y el moño de la ministra en asunto de Estado, esconde los prejuicios de no pocos retrógrados que consideran la política una actividad que compete en exclusiva al género masculino; pobres cobardes que ocultan sus complejos de inferioridad tras fanfarronadas supuestamente ingeniosas, que provocan la hilaridad de otros inválidos mentales que disfrutan recreándose en la imaginaria superioridad intelectual del hombre; lobos con piel de cordero que enarbolan la bandera de la igualdad mientras trabajan en pos de la causa machista, esperando encontrarse cada noche la ropa planchada y la cena en la mesa; mentecatos incapaces de aceptar que las mujeres hace tiempo que nos liberamos de los grilletes del acatamiento y la resignación; seres primitivos cuya simpleza mental les impide entender que nuestra máxima aspiración no es convertirnos en madres y esposas, que permanecer solteras no es lo peor que puede sucedernos en la vida y que somos capaces de renunciar voluntariamente a la maternidad sin sentirnos culpables por ello.

En el fondo, no son más que cavernícolas que añoran aquella legislación, no tan lejana en el tiempo, que imponía la pena de destierro al marido que asesinaba a su esposa adúltera, que situaba a la mujer casada entre los menores, los locos o los dementes y que la exigía una licencia marital para todos los actos de su vida.

Pobres imbéciles decadentes, ¡cuánto les queda por sufrir! No se han percatado de que el macho ibérico es una especie condenada a la extinción.


Publicado por: Belén Meneses

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